En la tarde de ayer, el cofrade Fran Cabello, pronunció un pregón en el que ensalzó a todas y cada una de las Hermandades de Gloria de forma intima y emocional cuando habló de sus Hermandades.
No fue un pregón de trámite ni una sucesión de nombres dicha por compromiso. El de este año se sintió cercano, casi como una conversación entre hermanos, de esas que nacen en la calle, en el barrio o al pie de un trono. Más que recitar devociones, se compartieron vivencias; más que enumerar titulares, se puso sobre la mesa una forma de entender Málaga desde la fe cotidiana.
Porque si algo quedó claro es que las Glorias no son un simple epílogo tras la intensidad de la Cuaresma y la Semana Santa. Son otra manera de latir, igual de auténtica, igual de necesaria. Durante todo el año, las hermandades letíficas sostienen la vida de parroquias y vecindades, tejiendo una red silenciosa que da sentido a muchas historias personales. No hay temporadas altas ni bajas cuando se habla de fe vivida.

El pregón huyó de listas interminables para centrarse en lo verdaderamente importante: lo que cada hermandad significa para quienes la sienten. Y ahí apareció una idea que merece ser subrayada: todas las corporaciones de Gloria tienen el mismo valor. No hay unas más grandes que otras, ni devociones de primera o segunda. Cada imagen, cada barrio y cada historia forman parte de un mismo mapa sentimental que define la ciudad.
En ese recorrido, algunas devociones ocuparon un lugar especial, no por jerarquía, sino por vivencia. La romería, por ejemplo, se presentó no como una estampa idealizada, sino como un camino real, con esfuerzo, con convivencia y con fe compartida. Una experiencia que no se mira desde fuera, sino que se camina por dentro.
También hubo espacio para esas imágenes que son corazón de sus barrios, donde la tradición se mezcla con la vida diaria. Allí donde las puertas se abren, donde los vecinos esperan, donde la devoción no entiende de calendarios. Esa es la esencia que el pregón quiso rescatar: la cercanía, la verdad y la autenticidad de unas Glorias que muchas veces pasan desapercibidas para quien solo mira los grandes focos de la Semana Santa.
Y, sin embargo, ahí está su grandeza. Las Glorias son el escaparate de una Málaga que no se apaga cuando termina la primavera cofrade. Son continuidad, son raíz y también futuro. Son la prueba de que la ciudad sigue rezando, celebrando y viviendo su fe más allá de los días señalados.
Este pregón, más que cerrar un acto, abrió una reflexión: es momento de reivindicar el lugar que merecen. De mirarlas de frente, sin comparaciones, entendiendo que forman parte esencial de la identidad malagueña. Porque hablar de las Glorias es, en el fondo, hablar de Málaga en su versión más cercana, más humana y más verdadera.







